La obesidad está determinada por un porcentaje de grasa corporal anormalmente elevada, tanto si es generalizada o localizada. Se considera obesidad mórbida a aquella que presenta un Índice de Masa Corporal (IMC) mayor o igual a 40. A los individuos con un IMC de 50 se los clasifica como “super obesos”, considerándolos como resistentes a cualquier tratamiento.
A medida que aumenta el grado de obesidad, crecen los riesgos asociados a esta patología que incluye el riesgo de muerte.
La obesidad es el resultado de un balance positivo entre las calorías consumidas y la energía gastada. Los factores genéticos, psicológicos y ambientales influyen en el peso corporal.
Actualmente se recomienda que el objetivo del tratamiento se centre en un descenso de peso de aquel 10 por ciento. Esto, además, ayuda al mantenimiento del peso perdido, en el largo plazo. La elección del tratamiento se debe basar en las características individuales de cada paciente, y los distintos profesionales (médicos, nutricionistas, preparadores físicos, psicólogos y cirujanos) pueden orientar al enfermo a elegir el tratamiento más adecuado.
El rechazo alimentario está mediado por ciertos receptores situados en la lengua, sensibles a los alcaloides, así como a los ácidos, que detectan los sabores amargo y agrio, lo que explicaría la aversión hacia estos sabores.